Opinión: Innovación para la inclusión social

Gonzalo Herrera

Por Gonzalo Herrera Jiménez, vicerrector de Innovación y Transferencia Tecnológica, Universidad de Talca

La promoción de la innovación y el incremento de las desigualdades sociales suelen ir de la mano en los países con bajo desarrollo. Esto sucede porque en estas economías los sectores que muestran una mayor inclinación hacia la innovación y, sobre todo, que han desarrollado mayores capacidades para innovar son aquellos que ya ostentan mejores indicadores de productividad que los sectores más rezagados en materia de innovación. Y las políticas e instrumentos públicos que impulsan los cambios basados en la innovación se dirigen prioritariamente hacia estos sectores “mejor dispuestos”. Un resultado frecuente es, por lo tanto, que las que más innovan son las empresas más preparadas para hacerlo, y estas son las que muestran mejores niveles de desempeño productivo y económico. Y es sabido que las diferencias de productividad entre empresas tienen un correlato en la distribución del ingreso de las personas y sus familias.

En este contexto, la Innovación Social se ha puesto últimamente en el tapete como una forma de innovación más propia de los sectores populares. Es aquella que puede permitir a las empresas de menor tamaño o con desempeños productivos más modestos acceder a algunos de los beneficios de la sociedad del conocimiento.

Aunque este enfoque tiene un fundamento real, y hay experiencias valiosas que pueden exhibirse, al menos por ahora es más lo que se habla de IS que lo que se hace concretamente, con lo que este discurso corre el riesgo de convertirse solo en una moda.

Por de pronto, no hay una versión universalmente aceptada de lo que se entiende por IS, por lo que es posible poner ese rótulo a acciones de naturaleza muy diversa. Entre las múltiples definiciones que es posible encontrar de IS, un elemento común es el que se relaciona con la creación y adopción de buenas prácticas en empresas y unidades económico-sociales de menor tamaño.

Esto parece insuficiente para dar cuenta de los requerimientos de innovación propios de muchos grupos o comunidades, que no solo requieren nuevas formas de hacer las cosas (buenas prácticas), sino que también soluciones tecnológicas que respondan a los requerimientos específicos de estos actores.

De ahí que, desde hace algún tiempo, ha emergido en ciertos sectores intelectuales vinculados a experiencias populares el concepto de “tecnologías sociales”. Esta corriente se ha desarrollado primeramente en Brasil y se ha ido expandiendo a otros países de Latinoamérica, especialmente de la costa atlántica.

Esta línea de pensamiento arranca de un diagnóstico crítico respecto de las llamadas “tecnologías apropiadas”, las que presentarían una serie de restricciones, tales que no parecen una respuesta adecuada a los desafíos planteados: concebidas como intervenciones paliativas, destinadas a usuarios con escasos niveles educativos, acaban generando dinámicas top-down (“paternalistas”). Así, por un lado, privilegian el empleo de conocimiento experto, ajeno a los usuarios-beneficiarios, y por otro subutilizan el conocimiento tecnológico local (tácito y codificado) históricamente acumulado (Thomas y Fressoli, 2008, Universidad de Quilmes).

Se entiende como tecnologías sociales aquellas que comprenden productos, técnicas y/o metodologías reaplicables, desarrolladas en interacción con la comunidad y que representan soluciones efectivas de transformación social. La idea básica que subyace a este concepto es que los científicos y los tecnólogos, al interactuar cercanamente con comunidades y empresas en su localidad pueden desarrollar en conjunto con dichas comunidades, soluciones tecnológicas efectivas para sus desafíos específicos, que aprovechen simultáneamente los saberes populares y la ciencia de frontera. El concepto de “reaplicabilidad” es esencial a esta noción, y se contrapone al de “replicabilidad”, en cuanto este último supondría una repetición estándar de soluciones tecnológicas a distintas realidades socio-culturales, mientras que una tecnología es “reaplicable” cuando es tomada y transformada por la comunidad local, adaptándola a sus especificidades locales.

Si bien en su origen las tecnologías sociales fueron concebidas como estrategias que apuntaban a resolver condiciones puntuales de pobreza en comunidades más o menos periféricas, es posible sostener que las acciones públicas que favorecen la inclusión social a través de este tipo de tecnologías pueden ser plenamente coherentes con una estrategia nacional de desarrollo y con las políticas públicas de ciencia y tecnología (y pueden modificarlas). Para ello, sin embargo, es necesario establecer la inclusión social como un objetivo explícito de las políticas de ciencia y tecnología.

En consonancia con lo anterior, Thomas y Fressoli sostienen que es tan necesario como ineludible revisar las conceptualizaciones sobre tecnologías sociales disponibles, abandonando su concepción original como recursos paliativos de situaciones de pobreza y exclusión, para pasar a concebirlas como sistemas tecnológicos orientados a la generación de dinámicas de inclusión, vía la resolución de problemas sociales y ambientales.

Esta rápida presentación de esta construcción conceptual pero también política de las tecnologías sociales, que complementan la noción, más conocida en nuestro medio, de innovación social, tiene como propósito fundamental afirmar que el incremento de las desigualdades como efecto de las políticas de fomento a la innovación no es una fatalidad, a condición de que estas políticas contengan explícitamente un propósito de inclusión social.

PRESENTACIÓN PROYECTO INES